Actualmente hay una suerte de vuelta a los sabores naturales y caseros, por lo que la fabricación de galletas de forma artesanal ha ganado campo ante la industrialización de algunos procesos y los ingredientes que se emplean en los productos comerciales como conservantes y sabores artificiales.

Galletas para todos

Hace varios años los llamados cupcakes o ponquesitos acapararon el mercado de la pastelería. En cada esquina abría una tienda especializada en las magdalenas decoradas con una gran variedad de sabores, mucha crema y chispas de colores. Formas encantadoras, diseños coloridos y llamativos, eran el objeto de deseo de los golosos.

Las series de televisión contribuyeron con ese crecimiento y pastelerías de ciudades como Nueva York o Londres tenían filas de personas dispuesta a esperar horas para probarlos. Las donas tienen también su momento especial, sobre todo en ciudades como Argentina y Chile.

Las redes sociales esta vez son las que han potenciado ese deseo. Instagram es un lugar ideal para darse cuenta de ello, hay donas de todos los colores y sabores.

Las galletas caseras también tienen su espacio y hay de todo y para todos. Ya las personas no se conforman con el paquetito de galleta que consiguen en el supermercado, ahora van por más y se arriesgan a probar nuevas variedades de galletas, hechas de harina de algarrobo, mani, dátiles, proteína y más.

No a todos les gusta comer galletas integrales y llenas de fibra. Los consumidores desean comprar también las galletas que comían en su infancia. Por ello, las galletas hechas de forma casera han tenido mucha repercusión, porque conservan ese origen artesanal que atesora los recuerdos más bonitos.

Rellenas con crema de malvavisco, chispas de chocolate y caramelo, con formas especiales. ¿Las más cotizadas? las que se decoran con azúcar glasé, que son una obra de arte en sí mismas. Generalmente, se hacen por encargo y por su compleja elaboración, son muy exclusivas e ideales para regalar en ocasiones especiales.